12.06.2007

Nota de Suicidio Nominal

Mi nota no es más que un parapetar deseos no consumados. ¿Acaso alguien voraz y con apetito amarillista se asomaría por la ventana como yo no me asomaría para verles, con la dentadura reluciente y los ojos gastados en caos y drama y esas predisposiciones asombrosas con que aceptamos o renegamos de la vida? Abandonados a su suerte o albedrío, les lanzaría los odiosos y perfumados pañuelos blanquecidos. Mi asco es honesto. Mas mi deseo no es meditar sobre las fuentes, los blancos de mi desagrado. Sencillamente lo he decidido esta mañana.
Como pocos saben, diciembre ha sido históricamente el mes que más he aborrecido, no sólo por sus tragedias, sino también por sus aires de antaño y decoraciones alusivas; ustedes conocen otras razones más dignas; la fijación personal es tremebunda... Hasta la fecha, he logrado consumar alrededor de 8 libros que han permanecido inéditos por motivos que no me atrevería a nombrar aquí por falta de tiempo (hay otros motivos de la burocracia que mi corazón desinteresado no entiende y de los que mi cerebro con una mayor agilidad se desatiende). Según dicen, tengo material suficiente para morir, y estoy de acuerdo. ¿Qué más necesita un poeta sino haber escrito lo suficiente para sentirse satisfecho? Además, mi novela está triturándome y de aquí hasta ahora los engranajes no han hecho más que ensarrarse y vestirse de costras. Debo lubricar la ferviente idea, la vesánica obsesión por lo limpio en la prosa.
Como lo dije antes, es parapeteo. Detesto el sabor férrico del paladar, así que no he elegido un dogal. Y el mar está tan lejos de aquí donde no estoy aquí ahora. Y el fuego me proveería de una excitación más grata que la que por dentro me avasallaría si tal vez me opusiera a respirar, y entonces no valdría la pena otro tipo de pena. Una horca es, cuando mucho, sobremanera retórica. Son pocos los poetas que han fenecido ahorcados. No he profundizado con detalle sobre este aspecto, pero debe ser verdad; la mayoría de las referencias hacen alusión a mis razones anteriores. Son más escasos los que, en verdad, han dado a guisar sus poemas al ojo público en su totalidad. Así que lo haré, voy a matar cierta parte.
Ayer pensaba en esto, mientras conversaba ―a solas― con David Parker y Ezequiel D` León Masís. Tensaba el letargo y consideraba no volver a escribir bajo el concepto de un libro. Siempre me he amparado bajo una sombra conceptual, pero ahora la corriente está tórrida y adimensionada; es casi una duna, memoria de sayal. He de volverme un empecinado redactor de entradas en su sustitución. ¿Quién leería? Debería mostrarme auténtico y rasante como en mi prosa trabajada. ¿Para qué? No merece un pétalo de la pena, apestosísima flor, fortísima pestilencia acídica.
Alguien dijo blues abierto. Vacilé. Luego me reincorporé. Nada tendría que lamentar; igualmente están muertos esos versos… Y nadie comprendería el móvil. Están todos llenos de ideas románticas sobre la poesía; están todos pendientes de la influencia, inflamados como un vientre que gesta una pepa deletérea, una minúscula, gravísima pupa de fuego que no quema. Es el vicio por quemar y no durar lo que les envenena. Por eso no debo flaquear. Empecé a cantar la letal cancioncilla:

Blues abierto:
cielo abierto,
como el enigma se cierra
para mostrar más cosas,
como las cosas se cierran
para mostrar más enigma,
y cerrar el cielo
en el blues abierto…


Lo soñé en algún momento de mi infancia. Recuerdo tan poco; hace tanto el sumidero… Soy feliz de tener la oportunidad de sufrir ahora. Esperen unos cuantos días. Me voy a cortar un ala. Vedme por la ventana como yo no los vería.

Hanzel Lacayo, 2007 ©

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