5.14.2008

Bañando a mi madre

I

Sin vernos a los ojos comimos el pan juntos.
Nos untamos pasta pura de la muerte,
remojándonos en agua turbia,
fiera más y aún salada que del Nilo
palpitada la sal y en un beso final
tú y yo congregados: inútilmente,
viva mente, vagamente:
más hijo tuyo que tu padre mismo.

II

Madre: tú lavaste mi herida
a costa del escollo de tu herida,
eternal en la muerte que tomaste
como la bandera es incendiada a fogón.
Ahora estoy lavándote, madre, degustándote;
regresando a mí mismo: pan de mi sangre.

III

Era craso tu cabello si ondulado a mi alcance.
¿Por qué no se enroscó en mi cuello
y en el corazón hecho añicos
y en el incontenible dolor de mi carne,
cada uno de mis folios
como cortes de mamífero?
Me hubieras sedado así,
seducido verdemente hasta matarme,
sin saberlo, madre, cuando aún era tiempo.

IV

Tu peso muerto está troncado en silos
y espejos oscuros que no atino a resentir.
Como tú yace ahora el endeble carmín.
Pronto hecho todo llanto en tu polvo
tu recuerdo se hará polvo de mi sangre.
Sin persistir durante mucho tiempo,
nadie sabrá ya de mí quién es
hielo u hombre, u hombre que quedaba.

V

El viento sopla sin raptarme.
De tanto reptar, he anclado en algún pecho.
¡No sé de quién se nace!
¡No compete a mis escalas de dolor!
Florecida de raíces, quedas:
torso duro, fuste terco;
consagrante rigor de la piedra que yo era.
El viento sopla sin raptarme,
y por algo ha de soplar.
Han de estar creciendo flores sepulcrales
en tu sabia, pasta que tumba las entrañas.

VI

Pienso en el cielo de un lago:
un gran ojo terrible que embadurna a uno de brea
cuando debajo de él mis manos,
las flores que te pongo, no te tocan.
Es un dorso imposible tu abrazo,
el cuello que se cansa para siempre.
Todo muere, en un segundo
el mar se consume hasta cenizas
como el nombre que te puse,
corroído por los cocodrilos.
Así quedaste: juicios de la piedra
en el serrado filo de un borde sin abismo.

VII

Por más que los invoques, no aparecerán.
Los lobos, madre, para acelerarnos las guadañas.
El relente de cal y de hiel y esta sangre
jamás podrán servirme del todo sin ti.
Y solo en el mundo, siento que este mundo
debería arrodillarse para serte fiel como un niño
y hacerte perdurar más que el granito
que se hace polvo entre mis manos.
Antes que las malvas, es preciso
que las flores y las piedras se levanten.

VIII

Madre, sálvate; sálvate de las ondas mecánicas.
Más tener quisiera vuelo que no supusiera
estas alas de salva: no las ves, están aquí.

Serán tuyas si regresas a este lado de la tormenta,
estrellas y vacíos nunca sidos.
Ríe para siempre, no te dejes doblegar
ante el gesto incoloro del vacío,
su blanco beso raído como hueso
de hiena reluciente en la vajilla.
Para que no me llegue tu muerte,
espada de todas las nieves,
o el desperdicio del tiempo
demoliendo mis carnes
como los cien mil ojos brillantes
de cien mil enfilados huracanes
y los miles de terceros ojos
de sus agitados corazones.

IX

Apártame con tu mano
hecha sólo de una uña viva.
No tengo cara para el paraíso
―infierno de mis paraísos―;
tendría que inventarlo y ya no hay tiempo.

Quiero que te entierren en mí, y no en la tierra.

Hanzel Lacayo
Serie tomada de: "Días de Ira" (2008) ©


2 comentarios:

jorgeletona dijo...

IMPRESIONANTE!

Guillermo Goussen dijo...

Pues entré a tu blog y he quedado gratamente sorprendido; me grada el olor añejo de tus palabras, escritas sin miedo al sonido y como quien compone un requiem.
Esta elegía, desde ya, será bien recordada por mi. ¡Enhorabuena!
Por, favor no te desgastes en contestarle a los necios meapilas, que siempre andan con el catecismo bajo el sobaco. Un abrazo.