8.03.2008

Cinco poemas de "Días de Ira"


Parece que la fotografía que había trabajado para mi portada tendrá que esperar a que saque otro libro. Aparentemente, era muy fuerte para aparecer en un libro del CNE (y no dudo que lo sería también para aparecer en portadas de otros sellos), así que decidí usar Glasswater (la que acabo de subir).

Al menos le dará color al libro, cuya portada iba a ser en blanco y negro. Mientras tanto, estoy viendo dónde insertar Bathroom Thoughts. Quizá para algún otro proyecto, qué se yo. Pero esperar me mortifica. Ahí la subiré pronto.

Por ahora les dejo unos cuantos poemas de Días de Ira. A veces, uno lee tanto lo que escribe, que el efecto que causaría a un extraño termina invisibilizándose por completo dentro uno mismo, como si uno se aburriera de lo escrito. Como sea, aquí les va:

Mala Fe

Si pretendo, me achato:
montaña disectada hasta granito,
elevada cual semilla infértil de mostaza.

Si prodigo la divina proeza,
contamino con mi lengua el cubrecáliz.
Si evoco del crisol la lava,
es el tirante de agua lo que entra
por una puerta a cuyo monstruo se teme
aún guardado debajo de llave.

Si voy derecho, seguramente fallaría
mi albedrío, pues la lápida sigue en pie
y el rigor de esta niña muerta recién nace
con la devoción de una exhortada ex matrem.

Tan mala es mi fe, pero así es,
y esto que es, es bueno.

De "Los Predicados del Diablo"


Casa del Eremita

Cuantos quieran fueran los granos de arena,
ninguno macizará mi casa
sin la correcta pasta ni la correcta lengua
para amasar las palabras cerradas
con que cubro mi cuerpo
de la vulgaridad del mundo.

Es mi techo el esbozo de una cruz:
no hay día, allí donde clavo mis ojos
y las pestañas rascan el día soterrado
bajo un silencio vertical que es sólo sótano.

Las puertas y ventanas de mi casa
no se hallan del todo cerradas.

Mi casa no tiene puertas ni ventanas.

De "Los Predicados del Diablo"


Río primero

Si aparece una gema, de nada importará.
Si usurpan los vestigios calc
áreos
de una olvidada civilización, de nada servirá.

Polvo unívoco seremos algún día
y en el polvo: polvo al unísono,
y bien sé que no te hallaré…

Tú das la orden a labio suelto:
¡Escarba! ¡Escarba!
Mas no ando en búsqueda de agua.
Ya se ha hecho casi toda mi sed
una torva de arena.

No me quedan dulces sabores ni agrios.
La voz secreta del pozo
fatiga mi cuerpo maniatado.

Tú contigo puedes ser bien ese río,
y sé que mis días están contados con él.

De "Jardín Anterior"

Revelación en el jardín

Gracias plenas por escribirme, esperanza,
unos cuantos datos de sopor bajo las yemas.
Aunque no ansíe ya poseerte, malva.
Aunque fuera que faltare muy poco
para la evolución de tu flor.

Por irrumpir, deseo bañado en oro,
en estas rojas pupilas que, atizando
y repujando en lo hondo de la retina,
han aprendido a poner más atención
a la belleza invisible de los sesos
que a la invencible falta de sesos de la belleza.

Gracias, flores tristes,
por nacer a la orilla de mi puerta
y no conducirme demasiado lejos de la casa
a la que se le está derrumbando la dueña:
belleza durmiente de la tragedia
destilada en ese caldo-vino del celaje
que resbala por mi cuello,
lamido por el fuego de tu lengua.

Ya no por amor, como algún día
empellaste a mi puerta
encontilando con tu ira mis calderas,
tornando humoso el caldo fértil de mi lucha.

Gracias, en verdad, por esta bocera:
Oh, residual! A seis pies bajo tierra.

Con los gusanos escalaré tierra arriba
como una sola espada viva
y seré una más de las letales horquillas,
un botón que te diga con el lamento
de nunca ya llegar a abrirse:

Vete ya de mi jardín para siempre.
No voy a dividirme delante de ti.

Así como yo no supe a tiempo decírtelo.

Pero ya he aprendido a crecer sola;
a morir sola, finalmente,
barnizada con esta cruda verdad.

De "Jardín Anterior"


Urdiendo en las cenizas

La sala cuece a los desconocidos.
Se acercan con antojo de urdir en tus cenizas.

Ven en ellas un cierto día,
un episodio emblemático
con campanarios, orquestas,
la posibilidad de un cuerpo entero,
y también, en su postre,
un porvenir en su ración insomne.

Sus velas y sus flores no me alumbrarán la vida.
Y si han de alumbrar la muerte de mi madre,
la esperma y las coronas no hacen
más que enhebrar ira tras ira.

Eras, al momento, un tallo entonces,
un listón de raíces que no crecería jamás.
No quedaba más tiempo para la hoja
y en su fuga inesperada,
el agua apenas alcanzaba para mantener
la expresión de tu sazón eternal.

Una cara así no se puede borrar fácilmente.
¿Y qué poder tienen las lilas ante tus cenizas?

Te tocaron con manos más apáticas
que los fármacos experimentales.
Te violaron ojos más somníferos
que la muerta voluntad
del escalpelo y las tenazas
de un cangrejo por hombre
que descubre su coraza
para gemir acero suave
en el endurecimiento de la carne.

No quise decir tu nombre a nadie para no ensuciarte.

El blanco yeso encripta lo endrino ahora,
y no me ofusco de cuán exactas han devenido
la rigidez y palidez marmóreas.

De un mismo árbol,
tu muerte nació varios frutos,
sin exigir candor ni rubor alguno
en ese festejo de la nada reconsiderada.
Es el peso que las velas confirman,
palilalia de una carne empolvada
que no oscurecerán las parvadas,
pero esto todavía no pasa—pienso.

Y velarte es aún oponerme a esta tala
que taló el mundo a mi alrededor.

Tu muerte viva alivia más que su carne viva.

Para mí ellos son las cenizas, madre.

De "Últimas Iras"


Hanzel Lacayo
Fotografía: "Glasswater" (2007) ©



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