8.11.2008

Monólogo Menor


Monólogo menor

Fue un gentil accidente.

Me supe grave cual discurso de padre:
Yo soy el mono hirsuto
que los óleos sacros domestican.

Domaron mi bóveda y ahorcaron mi talle.
Fresa de frenesíes en el consejo bíblico:
comes una, comes dos, y no paras.
Era como un hongo apocalíptico.

Yo saltaba cuerdas sobre líneas definidas;
inocencia de la golosina brillante
al fondo de sus rojas pupilas.
Una demencia de niño,
calcetas hasta las rodillas,
bermuda de mis puerilidades,
sentado último en la fila,
usted me decía, señor pederasta:

Alejado del padre de padres
tienes un aire inmunizante
que sofoca a todos mis niños.
¡Por el credo inmolarás tu sangre!

Entonces la filosofía
se empastó en mis páginas
como un injerto suicida.

Poco a poco, fui internándome.
Quebrantahuesos por uniforme,
el porte, el corte y los modos brutales;
pero tener a bien se puede,
tener a mal, presente:
doblar no se pueden
los metales más preciosos.

Yo vestí medroso el blanco prometido.
Nemoroso en mis fotos de quince,
talaron mi cofia más preciada.
Me extirparon de mi tierra flagelada.

(Gárgola: tú hubieras barrido
con garras y fauces más piadosas)

Fue un gentil accidente.

Luego fue el cáliz,
la civilísima oblea de arroz.
Nunca supe reducir mis malas sumas:
leche ácida cuajando en la conciencia,
en los nudillos, en el cuello
y en el coño del padre.

Olvidar era una fruta extraña
marcesciendo en la punta de mi lengua
que no decía nada si previamente no baldeaba.

Hoy por ti, mañana por nadie.

Yo soñaba con el pulso grávido y templado.
Usted ordenaba las cartas rojas en el asunto.

¡Libemos!
¡Aterricemos la carne!
¡Encendamos el raquis!

Tomados de las manos los niños
en fila india recitemos las oraciones,
ritual que inficione a los hijos.

¡Haced a la izquierda el crucifijo!

El amor dora en las copas,
y el vino se multiplica en mis sienes:
un veneno seguro rebanando mis sesos
con sus hebras de grafito.
Su saliva caliente resbalará
como sangre de algún día
por el frente de la contrahuella
y el frío escarbará profundo en su dentina.

Fue un gentil accidente.

Mariquitas de élitros rojos
en las mejillas crecimos.
Sargaza de las colas, gorros frigios y sotanas;
nariz, perfil, mentón como arpón
que raya las cortinas.
El blanco y el amarillo papales
se me ensarta en las venas
como cánones de ciencia porcina.
¡Sobrevive! ¡Recrudece! ¡Remienda!

Santos miles y querubes
mostraron las uñas unívocas.

¡Extírpate! ¡Lacérate! ¡Deprávate!

Ya ves tú: nosotros comemos del filete fácil
ofrecido por manos prodigiosas como las tuyas.
¡Ven a elevar con nosotros la lechuza!
Siembra trigo y cultivarás reces.
Hazte el ciego o besa el suave acero
con un ojo cosido y el otro abierto
para que siempre nos recuerdes.

Fue un gentil accidente.

Fue aquello como el fardo que aplastó
en un cuento a aquel bicho de hombre.
Cosa interior que muerde el costado
cuando suda el hijo diligentemente
y levanta en cama su carpa
cual concha sombreril por las noches.

Ya ves tú que tanta letra
no ha logrado cuajar en tu mente.
Chima las monedas para que reluzcan más,
y no riegues tu sangre ni percudas tu cuero
antes de reconvertirte en virgen.

Era el uso del fruto repujando en su paredón.

¿Fementido? ¡Por supuesto!
Pero yo cobro caro y tengo el perdón
al alcance de mis ingles.
Un día parecerá un estandarte;
otros, píxide; confetti de menta
refrescándome la fe postiza.

Búscate otra cruz ahora
que te borre los tatuajes, y olvídame.
Algún día, quizá, tú también
puedas levantar una hojuela en su nombre.
¡Pero basta de gazmoñerías!

Fue un gentil accidente.
Créelo o rasúratelo:
¡Este es mi cuerpo, esta es mi sangre!

Hanzel Lacayo
Poema tomado de: "Días de Ira" (2008) ©
Fotografía: "You Too" (2006) ©

1 comentario:

Lautremont dijo...

Buena pagina! Me gustaron los poemas de tu mamá. Segui adelante y ojala sigas cultivando exitos.