6.11.2009

Fragmento de "El Paraíso Anterior"


(...) "Esa tarde Dios entró a la cueva sin avisar, haciéndose transportar por un carruaje de bueyes alados con rojos ojos infernales, que entonces no tenían el significado que ahora tendrían si, en un repente, Dios descendiera del Cielo mismo con una impronta de ese mismo carruaje, y durmió a Adán con un polvo de sirca y miel cristalizada que molió entre las yemas de sus dedos para que delicadas moléculas de su piel etérea y su sudor sacrosanto colimaran los ingredientes en una suerte letárgica de hechizo.
Clavó meñique e índice en las costillas de su hijo, y haló, haló y haló, hasta que la costilla, casi tan lucia como colmillo de mamut, refulgió irreprensible ante su semblante anonadado, refractando la imagen de su rostro inclemente sobre la pieza única. En el hueso, vio su cara irradiar en demasía curiosos destellos de soberbia y vio que este era un indicio de que la existencia de Eva era algo más que bueno. De otra forma no podía suceder.
La propia invención de Eva lo llenaba de júbilo cuando procurar éste es casi siempre imposible para un dios, pero para él todo era posible, y sopló, sopló, sopló, dentro de la solidez de la costilla, y cantó, cantó, cantó, dentro de la mudez de aquel falso cuarzo, y ordenó, ordenó, ordenó, al espacio medular de los cuantos, que Eva surgiera de ese hueso, toda carne, uña y cabello, y mandó a poner jugo de caña en sus fluidos, y a malear hilos de oruga para diseñar la capa de la piel, y un tanto de brea de los pantanos para dar el candor necesario a la cabellera impetuosa, y juntando uñas de índice y pulgar haló y haló y haló, hasta que pezón irrumpió donde en Adán sólo vislumbró llanura, y porque en el fondo de sus vísceras celestes consideraba el apéndice fálico como un vulgar señalamiento de su error, lo redujo a dos semillas ovaladas, carraspeando en la entrepierna como si se tratara de una trompeta que anunciara la llegada de una mesías, formando las delicadas trompas de Falopio y el ancho ánfora del vientre.
Así nací, según especuló Adán, quien alcanzó a ojear un poco de los artilugios de Dios, quien fue entonces la primera semilla de la manzana. Cuando abrí los ojos, Él ya se había marchado, y la primera imagen que avasalló mis ojos fue la de un vívido creosonte con cuerpo de gabarrero, fortalecido en la visión de una creatura tan similar como diferente a él, y mi primera palabra fue un balbuceo de vida que en lenguaje de aquella edad nebulosa debió significar algo glorioso. Sobre la arena morena de la cueva, que se hallaba próxima a un arroyo, mi sangre empezó a correr y la piel se tensó como flecha a un arpón, y mi lengua adquirió rectitud como un cadáver que sólo pregona podredumbre y, sin embargo se levanta entre los muertos, entre aquella fascinación de las bestias que, enfiladas circularmente alrededor del perímetro de la última creación de Dios, mugían y grajaban, rugían y pululaban en una sinfonía estruendosa que hacía temblar las cimas de las montañas y crujir las cáscaras derretidas del fondo de aquellas tierras.

Pero fue la sola mirada insaciable de la belleza, la que hizo borrar el efecto avellanador de todo aquel ruido al que Adán parecía estar ceñidamente acostumbrado: la incisiva y vigorosa mirada de la serpiente, el animal más fascinante que había visto sobre aquella la faz ultraterrena." (...)



Hanzel Lacayo

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