6.17.2009

Tu nombre es la única cosa que sé acerca de Bruselas


Tu nombre es la única cosa que sé acerca de Bruselas. Mientras llueve, en mi mente te pronuncio como un cántico celeste. La lluvia, copiosa, hace que el techo cobre vida, como un metálico monstruo que se ha plegado en mesurado zinc y bien pudiera hablar en el lenguaje de tus dedos, cuando acarician mi cabello mojado y hacen que la pesadumbre de la madrugada espese completamente como los huesos de mi cráneo, convirtiendo cada uno de los fragmentos de felicidad en estrellas irrecuperables, tornando el sudor en el más dulce licor y la más inexorable fachada de rostro perplejo en la más inofensiva de las flores carnívoras.

—¿Vas a venir a Bélgica?
—Aún no lo sé; pueda que tal vez…
—¿Cómo no lo sabes acaso? Si me eres leal, deberás seguirme siempre.
—¿Por qué habría de serte leal?
—No lo sé; me pareció una buena excusa.

El olor de tu cabello ha quedado sellado en mi almohada. Así lo has predispuesto. No quiero que desaparezca. Por eso debía llover esta noche, para dar un sentido de perfume denso a tu cabello, que es casi como si la música fuera urdimbrada en finas hileras de castaño puro, incapaz de ser dorado por el sol. Los rayos tristemente rebotan cuando te incorporas en el viento, mientras cortas el espacio con frases infinitesimales de tus ojos, que callando, me llaman a tu encuentro. Tu piel es el agua esta noche; no la lluvia.

—Tranquilo, no voy a leer lo que estás escribiendo.
—¿Por qué?
—No lo sé; pareces incómodo.
—No me incomoda escribirte.
—Durmamos, y así podrás seguir... Si duermo por lo menos cuatro horas, estaré bien.

Me gusta pensar que soy pequeño entre tus brazos, que como un ave muerta me tomas para no soltarme nunca, y que de tu calor austero vivo como del sol en la cúspide del cielo, sin extrañar el sabor salado de los peces, la dulzura escueta de una fruta, semillas que son tantas para amar por su recuerdo a sus mil y un cerrados ojos todavía a su corteza conflagrados. Si por estar tranquilo pudiera dormir para siempre, quisiera ser una piedra de tu tumba, resistirlo todo antes que alguna mano conocida me arranque de ti.

—No escribía algo así desde hace años.
—¿Desde la última vez que te enamoraste?
—Desde la última vez que empecé a olvidar.
—¿Y si no vuelves? ¿Y si no me sigues?
—Lo pensaré. Es muy temprano aún para cerrar el Paraíso.

Quisiera detener este momento, y no podré. Quisiera, aunque sea, una gota de tu encanto poder retener, tenderte telaraña y vivirte con mil pies, ya no por el empeño de hacer perdurar lo tangible, como algún día se vive a cuestas de una mano, y no nos desolla la ausencia posterior, sino por incendiario clamor, júbilo efímero, oro que no dura y se hace polvo entre las manos. Te prefiero por ser en el barro. No te doblegues. Acércate a beber: fuego en mi agua. Mi motor te será fiel hasta en el más ígneo pensamiento, como soldado a reminiscencias de patria en una guerra contra el tiempo. No te vayas ni te sueltes. Es hora de que nos dejemos soñar.
—No te preocupes. Estoy en Bruselas y es el año 2010.
Hanzel Lacayo

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