7.06.2009

Los Miserables


A la reunión acudieron sin excepción todos los espectros, monstruos, híbridos de bestia con hombre y mártires doncellas que, para saciar la furia de los dioses, fueron lanzadas a lagunas y volcanes, sin dejar fuera a las ancianas enloquecidas por el renuente retorno de sus capitanes de la feraces hecatombes de ultramar. Su encuentro no fue precisamente en aras de la juerga. Tampoco lo fue para beligerar ni mucho menos para discutir sus simientes genealógicos, ya que a todos había precedido la misma semilla que dio luz y oscuridad a sus entrañas.

Tres noches atrás habían planeado el ataque. Sin embargo, se consideró a última hora que era necesario llevar a cabo una reunión con el objeto de limar malos entendidos, afinar estrategias y engrosar la valentía de todos los espíritus, muy gráciles e ininteligibles para esa clase de querellas.

Fue así que la Muerte Quirina, quien llegó tarde porque casi fue devorada en el camino por unos indigentes, bajándose de su Carretanagua destartalada y habiendo antes enrollando su blanco sudario entre costillas para que la vieran más gorda, chasqueó sus chapas cariadas y cortó el hielo imperante de la noche:

—¿Estamos seguros de lo que vamos a hacer o no?—preguntó, acuciosa, a la demoníaca multitud.
—Sin objeción, esquelética señora. Hoy haremos nuestra gran aparición—gruñó el Coyote.
—Resulta inaudito que hayan mandado a adoquinar y pavimentar todas las calles—añadió en seguida la Muerte—sin piedras, el retruécano de mi carreta infernal no se hará oír, y con esta lluvia ácida, que ha enconado y enmohecido la madera en que fue labrada, no lograré llamar la más mínima atención.
—Al menos el cementerio te guarda interminables pretendientes—refunfuñó la Chichona, trenzando su cabellera infinita—a mí los hombres ya ni me miran, dizque porque tengo senos muy chicos, y en el supramundo, al cual no me es permitido ascender más que para ejercer el oficio del espanto en el que, por vieja, ya no soy muy diestra, los implantes son costosos.
—Era de temerse—suspiró la Llorona, sollozante, con lágrimas vivas atravesándole las mejillas—los hombres ya no se fijan en las beldades legendarias. Hoy en día todo obedece al arquetipo de la máscara. Los implantes te aseguran el futuro, y qué decir de los perfumes hechos en retortas industriales, al modo de la plasticina: todo lo que pueda aplacar mis vahos vaginales y mis lágrimas.
—Dímelo a mí—renegó una doncella ahogada en Xiloá—con los deslaves, las descargas contaminantes, la sedimentación y la eutrofización, mi cabellera se ha colmado de parvadas, algas rojas y rastrojos que arrastra la corriente. Me han llegado a confundir incluso con Medusa, y si el pundonor machocabrío ya no es mucho yugo para la sierpe que llevamos dentro todas las ánimas traicionadas, menos desearán juntarse con una que tenga serpientes por cabellos.
—A mí esto del cambio climático me viene en gracia—dijo el Güegüense, quien estaba hastiado de fingir algarabía—Es pura ficción del animal postmoderno para que nos mudemos a otra parte. Ya ven que en tierras extranjeras se nos reconoce y ama con mayor impetuosidad.
—Sería equivalente a echar raíces sobre la Antártica, cuando nuestra hamaca ha sido siempre de una naturaleza muy cálida: flamígera tierra de lagos y volcanes. Pereceríamos al instante—dijo el Viejo, mientras la Vieja se rascaba las greñas y, apoyada en su bastón, añadía a continuación:
—¡Pero eso es sólo tribulación, Viejo lerdo! No es objeto de discusión, si somos adaptables o no, sino lo que hacemos con los lagos y volcanes, y si lo hacemos sosteniblemente.
—La adaptación no se discute; la sostenibilidad no es más que ensueño. Lo que más atiza mi fuero es saber que nos inventan para luego relegarnos al olvido—dijo el Viejo de Tisey, ante cuya intervención la Vieja le guiñó su ojo caído, recusándole su terrible voluntad por secundar opiniones de terceros, razón por la cual solicitaría el divorcio.
—Más que olvidarnos, nos confiscan a un deprimente tráfico de tradición, y mientras nos quedamos sin nicho, transmontamos a países más fríos mientras nuevas, frías tradiciones vienen a invadir nuestro país. Es un hado terrible, como un ocho—asintió uno de los duendes, a punto de inmigrar tras haber perdido todo su oro a causa de los elevados intereses de los Bancos.
—A pesar de enriquecer el país con nuestra sabia mítica, nos ignoran—mugió el Toro Venado— somos un grupo muy vulnerable. No pertenecemos a ninguna religión para ampararnos en la iglesia ni nos incluyen en los planes de Gobierno. Y con la globalización encima y la naturaleza por debajo, vamos de mal en peor. ¡Peor!
—Yo a quien más temo es a la radiación—interrumpió un fantasma de una olvidada casa embrujada—todos piensan que por estar hechos de ondas de luz, los espectros no poseemos piel, pero incluso a nosotros nos reviste una delicada capa de fotones de baja energía. De seguro al enano cabezón ni le importa, porque puede esconderse debajo de las faldas de la Gigantona, pero yo, ¿qué?
—¡Calma! Nos estamos desperdigando—aulló una Chancha Bruja, que era la moderadora—la razón por la cual nos reunimos es para confrontar la situación de una manera proactiva. Acrecen en quejas y carecen de respuestas. ¡Enorgullézcanse de su identidad!
—No se trata de un dilema de identidad—replicó una Cegua—a ninguno le interesa ese aspecto. Demandamos sólo un poco de atención. Esa, al fin y al cabo, es la pólvora de nuestro móvil. ¿O no?
—Estamos de acuerdo. A veces nos sentimos solas—dijeron unas siamesas sin cabeza—y no por eso vamos a recaer en el elitismo espectral. El hombre postmoderno tiene que revitalizarnos.
—¿Pero no hay una solución más práctica?—repuso una doncella sacrificada en el Volcán Masaya—¿No creen que es un problema de mercadeo y publicidad? Podríamos acaparar la mentalidad de la gente con muñecos vudú, bebida oficial bajo un lema iconoclasta, desfiles de moda underground, qué se yo.
—Por favor, yo hasta le doy risa a los niños—dijo la Mocuana—me tiran piedras cuando los invito a pasar a mi cueva para convidarlos a manjares envenenados. Están más interesados en la última versión de consola con imágenes en tercera dimensión que en los sanguinarios desgarramientos reales. Con sus rifles de balín han matado casi a todos mis murciélagos.
—Por eso vamos a darles esta ligera ayudadita—apuntó Chico Largo—pactemos, pactemos.
—Yo no sé—titubeó la Gigantona, dando vueltas a gran velocidad al ritmo de maléficos tambores—yo ya con costo y me dejo ver por las noches. El hollín diurno de las emisiones vehiculares se ha depositado en los ribetes de mi indumentaria y tengo esta incurable angina de pecho que me está matando. Además, no creo poder asustar a nadie con esta inmutable expresión de sonrisa facinerosa. Me corren de las avenidas y me lanzan improperios desde las ventanas de los restaurantes lujosos.
—Bueno, bueno, está más que claro—apuntó la Muerte Quirina—se nos está acabando el tiempo. Tomen ya sus tridentes, riendas, chuzos, bates y morteros y marchemos en nombre de la dignidad demoníaca. ¡Vamos todos por la causa! ¿Estamos listos, entonces?
—¡Estamos listos!—gritaron todos con efusión, y abriendo un portal sideral, se precipitaron dentro, exceptuando los cadejos, cuya entrada les fue negada al ser confundidos con perros callejeros tras casi robarle un par de huesos a la Muerte Quirina.

Y fue así que todos rebullendo, todos emergiendo del bosque, se levantaron contra la capital.
Al llegar, todas las construcciones parecían ornamentadas para la ocasión. Esto fue considerado ventajoso por algunos; a otros les dio igual, y sólo tres o cuatros pudieron ver en los arreglos una premonición irónica de fracaso. Éstos se quedaron sentados en la orilla de la carretera, observando cómo el resto perdía su tiempo tratando de asustar en vano a los managuas, quienes con risas los acogían para luego lastimarlos con glaciales miradas de indiferencia.

Así, minutos más tarde, se conglomeraron en la Rotonda de Metrocentro y procedieron a bañarse con el agua sucia de su fuente. La mayoría se sentía decepcionada, sobre todo los que habían emprendido una larga travesía para unirse al ataque con ínfulas de victoria y quienes provenían de la mente de personas que aún no habían nacido para inventarles:

—Creo que no maceramos bien nuestros planes—protestó la Mocuana, que estaba en ese momento a punto de robarse a uno de los niños de la calle para reponer al suyo—la próxima vez tenemos que tomar en cuenta las nuevas costumbres de los humanos, y no confiar a la Muerte Quirina, quien no tiene ojos, la consulta del calendario de actividades antes de precipitarnos contra todos en una noche de Halloween. ¡Quién iba a creerle a esta multitud de miserables!
—De mí incluso pensaron que se trataba de una persona. ¡Qué horror!—se lamentó la Llorona, cubriendo su cuerpecillo desnudo con la envergadura de una palmera—¡Vayámonos ya! ¡Vayámonos ya! ¡Ahí viene La Chamucaaaa!

Hanzel Lacayo

Fotografía: "Corn Cycle" (2008) ©

1 comentario:

Anónimo dijo...

Wow.. Un homenaje a los personajes populares de nuestra tierra.. Me encantó la fusión de aquellos que representan la infinidad de leyendas populares y los q son parte de las tradiciones, con el efecto del cambio climático -q dicho sea de paso- nos compete a todos; junto a la globalización, q de una forma pícara influye hasta en estos personajes populares.. Me pareció súper cómico: "no creen q es un problema de mercadeo y publicidad?" Pues yo estudio precisamente eso, marketing. En fin, estuvo genial. Felicidades de veras :)