7.10.2011

Canto de dos



Mi casa está en tu sangre
—el río que tu sangre conduce—
con delirio de mescal y ajenjo.

Tu jardín, sin rosas,
un cuerpo que se desintegra
en dientes de leones
para ofrecer del ramo
únicamente las espinas.

Por causa de mi feble coraza
tu aliento me engrosa
como el aire en Las Meninas
y tu ventana se cierra tamizando la luz
que por tu cuerpo pasa en braille.

En tu monte anido
haciendo compañía a la serpiente,
quitando al futuro sus escamas,
parchando manchas en blanco hueso,
recreándolo sin detenerme
para volverlo a destruir.

El lienzo es un abismo.
El aire lisado veneno.
Los espejos se inclinan
para descubrirse con horror ante ti.

Mi deseo te apunta
debajo de la hidrosfera
y mi silencio te escucha callar
como marinero que zarpa
siguiendo el lamento del Equidna
que se pierde como un grito en la selva.

Yo, el único
a quién niegas espacio,
sin hábito por el vulgo,
desconocido a la perfección,
canto de gallo
a madrugadas refractario,
sonda celeste
explorando tu carne de humo;
del rubor de polluelo
al terror aguilezco,
en un año o dos,
en el desdén de trillones…

¡Ése es el momento!
¡Desaparezcamos entonces!
Hanzel Lacayo

Fotografía: "It doesn't matter who you are" (2010)
©

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